3 jul. 2011

Accidente

Los espacios amplios, bien iluminados y de altos techos, comunicados por pasillos estrechos, olían a pollería. El efecto se acentuaba por la temperatura y humedad ambiental, que los hacían sentir como sumergidos en las vísceras de un animal.
— ¿Ya podemos empezar?—preguntó el profesor dirigiéndose a alguien fuera de la sala.
— ¡Ya mero, doc, orita viene Julio!—contestó una voz que pasaba.
—No se desesperen — dijo dirigiéndose a sus seis alumnos—, es que no podemos trabajar el cuerpo porque aún no se le ha hecho la autopsia.
—Pero… ¿tendremos que esperar a que se la hagan?— exclamó uno de ellos, sabedor del tiempo que eso consumiría y preguntándose si sería capaz de aguantar hasta entonces.
—Claro que no. Sólo vamos a trabajar el cuello, así que Julio vendrá a fotografiarlo. Una vez documentado, podemos empezar.
Retiró la sábana, y como por reflejo las miradas se concentraron en el cadáver desnudo tendido en la mesa. En efecto, el cuello era lo único que conservaba la normalidad.

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